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viernes, 24 de diciembre de 2010

El Príncipe, Federico Andahazi



Planeta, 2000.235 páginas

A pesar de tener fecha de publicación el año 2000, esta novela nos ha llegado recién el 2007 a Chile, y según la evolución de sus obras, bien parece situada en ese año, pues es de las obras en las que se aventura a cambiar el escenario histórico por otro: uno que combina lo futurista con lo onírico, en que hábilmente combina escenarios que se asemejan a lo prehistórico, con el devenir político de un país que podría ser cualquiera de la Latinoamérica actual; de hecho, la tercera parte se llama Argentina Sono Fin, en abierta alusión al folclor político allende Los Andes.
Andahazi tiene la virtud de escribir muchos libros, tener temáticas predilectas y cada tanto variar y proponer un tema diferente, como ya pasó con Errante en la sombra (reseñada en el N° xx de Mensaje). Acá abandona el medioevo y los siglos anteriores para pasearse por un propio siglo XX que puede sernos tan vívido al recordar cómo se construyen los caudillismos y las culturas de los países sudamericanos. Y lo hace desde un lenguaje lleno de frutos, ya no solo de flores, donde algunos podrían pensar que se trata de un ejercicio de imágenes y comparaciones metafóricas permanentes, pero que insiste y perfecciona hasta el paroxismo, partiendo de una apertura de tres páginas que no dejará tranquilo al lector hasta culminarlas, y paseándose luego por una fantasía que recoge con elegancia la herencia mágica de García Márquez para establecerse por sí mismo como dueño de ese idioma vivo.
La historia avanza a buen ritmo y los personajes son un espacio para recordar nuestra historia Latinoamericana. Los escenarios son simples, pero llenos de fantasía y el lenguaje es especialmente atractivo para quienes buscan un idioma brillante, latente, potente. Nadie quedará condenado al cepo de la indiferencia

martes, 23 de junio de 2009

Federico Andahazi, un grande en plena producción


Errante en la sombra,

Federico Andahazi, Argentina, Alfaguara, 2004, 245 pags.



Para los amantes del tango, este no es un libro rante. Lejos del chamuyo canyengue de quienes lo intentan sin la calle entre las venas, este libro es un brillante sentimiento de homenaje a una de las más fuertes expresiones de lo argentino.

Juan Molina canta como pocos. Gran admirador del morocho Gardel, prontamente supo que lo suyo era el tango. Comparte la filosofía y el honor del bacán que desambula por el arrabal porteño, con la ilusión viva de estrenar su voz en el Armenonville o el Royal Pigalle, soportando estoicamente la cólera de un padre borracho y violento, a la espera de su gran oportunidad. Mientras es aceptado y forma parte del elenco del Pigalle, en una labor ridículamente ajena a su sensibilidad, a la par corre la historia de Ivonne, la pseudo francesa polaca que entrega amor y vida a los clientes del mismo teatro, y que con su estampa llena de garbo inundó de amor el corazón de Molina, al comienzo en silencio, luego en una dolorosa amistad que torturaba en lo más íntimo a nuestro noble héroe, que en fidelidad a sus sentimientos optó por dejar de lado su gran oportunidad en la vida por seguirla en sus peticiones. Con ellos, entonces, conocemos por fin al gran Gardel, grande como fue y como protagonista del tango en todas sus facetas y sentimientos; amigo y rival de Molina.

Cada página es un tango, cada capítulo intercala versos en el homenaje que Andahazi hace a lo que realmente ama. Es una renovada versión de un escritor certero, llamativo, que escribe las obras que deben ser escritas y que ofrece en estas ágiles líneas un capítulo vivo, poderoso, que nos deja con ganas de Buenos Aires, de sus calles y su pasión.

Lo venden en todas partes, pero si viaja a Buenos Aires, es el mejor momento de leerlo, de sentirlo y de imbuirse de una expresión que reúne en sus páginas el más viril sentimiento porteño, noble, descangyado entre las volutas del tabaco que vive el sufriente Juan Molina, tremendo pibe.



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